Una de discos: Wild Honey, fotos, zas y cracs

20 Abr

Finjamos que no ha pasado nada, que la semana es una fotografía. Así resultará más fácil ignorar los ruidos y las letras, cualquier palabra. Y escapar a ratos de los cruces de caminos que convierten en una cuesta llegar a casa. Respirar, en mitad de la estampa congelada del invierno, y decidir si merece la pena desbloquear el momento o seguir disfrutando de las ventajas de vivir en una imagen fija.

ImagenFantaseo inventando un videoclip de duración exacta, protagonizado por perfectos desconocidos que bailan al compás un tema del nuevo disco de Wild Honey, un grupo que es una persona, una de esas personas con su sueño. Según los días, elijo «See how my heart is beating», cuando no amanece, o «Gothic fiction», si le da por llover. Sin embargo, lo más probable es que termine tarareando «It’s all in the film», puesto que se me reconoce por mi tendencia a mover los pies. En las paradas de autobús, al quite de los pasos de cebra, frente a la máquina del café. Carezco por completo de ritmo, pero mis pies saben llevarme la contraria.

Fingiendo que algo no ha ocurrido, se consigue el sigilo propicio para una melodía. Eso lo he aprendido gracias a Wild Honey, quien, al contrario que otros músicos, se inspira en los crujidos, en las onomatopeyas y en el chirriar de esa realidad que gatea por debajo de la que la gente escucha. Solo así puedo explicar que su segundo LP, Big flash, traiga a mi memoria una cita de Patrick Modiano: «vivimos a merced de ciertos silencios». Entre canción y canción del disco, antes de que empiece, justo a su término, los espacios en blanco me dan mucha rabia porque algo se quedó corto. Como el pantalón que con 6 años te valía, y la mañana después de un constipado con fiebre, dejó ver los calcetines y un trozo de espinilla. El refresco que sirven antes del primer plato en un restaurante. Una lengua de gato y un macarrón. El primer baile con una chica. El tiempo que tu padre te agarró la bici el día que dejaste los ruedines.

ImagenWild Honey es lo que hoy llaman proyecto personal, como si las apuestas en grupo no fueran de uno. Desde Epic handshakes and a bear hug, quedó claro que prefiere el detalle y la guinda, el kit completo: canciones cortas, sencillas letras y clima soleado. Nadie puede acusarlo de esconderse; se llama como un tema de los Beach Boys y un restaurante de Mayfair, sutil y puntilloso, empeñado en que sus pasos midan siempre lo mismo para alcanzar un sitio desde el que contemplar, con la mano haciendo de visera, el atardecer.

Wild Honey es una persona, una de esas personas con varios héroes y pocos ídolos que aún confía en el entusiasmo como forma de vida. Quiso emplear los ahorros en que Brad Jones mezclara sus canciones en Nashville con el primer disco, e hizo las maletas para que Tim Gane, de Stereolab, le grabase el segundo en un loft de Berlín. Esta vez, no confinó sus instrumentos y cacharros a las cuatro paredes de su casa. Viajar y moverse, circular, se corresponden con su concepto de la música, un oficio que muchos otros identifican con el humo y las resacas. Big flash huele a ropa planchada y manos en los bolsillos. Viene a cuento de una primavera que a ratos imita el verano, y de un verano que parecerá pequeño, corto y a la altura de una vieja fotografía.

 

 

Una de discos: Las tiritas de Pauline en la Playa

8 Abr
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Fotografías: Nacho B. Sola

Si en el mejor de tus días en la oficina miras por la ventana, con la esperanza de que al fondo esté el mar, significa que aún no has perdido. O que en el después aguarda algo más interesante que aquello visible en tu pantalla de ordenador. Quizá de camino a casa acabes el libro, y necesites un par de estaciones más para darte cuenta de lo mucho que te ha gustado, o de la importancia de esa última página. Y ya en el piso, pasado el umbral, te espere El mundo se va a acabar.

ImagenDescribir cómo llegas a una música o por qué en tu memoria suena tal canción carece de secretos: casi siempre la oportunidad es casual. Con los grupos ocurre igual que con las amistades. Una especie de círculos concéntricos conduce de unos a otros, y el sonido se ocupa del resto. Lo aleatorio de tales descubrimientos combina bien con la posibilidad de que guste o no lo que van a decirte. Por eso, cuando para hablar de Pauline en la Playa rescatan a Undershakers, vuelvo atrás, como si me hubieran comido ficha, pero no me preocupa recomenzar.

Hace tiempo pensé que las parejas se hacen fuertes cuando uno ha pasado con alguien más tiempo que esa persona con su inmediatamente anterior. En el caso de Pauline en la Playa, la sombra recurrente de Undershakers acaba de doblar la curva, porque Mar y Alicia Álvarez han cumplido dieciséis años siendo comparadas con Vainica Doble, durante los cuales firmaron cinco álbumes como Pauline. Undershakers coleó seis años, lo suficiente como para acabar la carrera universitaria y abrir la puerta a otro mundo, a más verdades. Atrás quedaron cuatro discos, y un recopilatorio para refrendar el salto de página.

ImagenPauline en la Playa es negocio de familia. Revive cada vez que las Álvarez deciden abordar las guitarras y asomarse a lo delicado para poner música que nos salve, de los días de oficina, el viento gris o ciertas miradas. Rescatando lo distinto sobre lo común, Pauline en la Playa demuestra que su sentido romántico –repudiado por los políticos que se consideran valientes en aras del desarrollo económico– nos cuida.

Todo lo ordinario que en el trajín se merienda nuestra felicidad queda al margen en El mundo se va a acabar, como ya pasaba en cualquiera de sus discos previos. Hay habilidad en el manejo de las letras, imágenes brillantes, melancolía. Por fortuna, a Pauline en la Playa le favorece que la vida pase, porque aprovecha sus detalles para homenajear a la belleza, en una época en que, abandonadas las plumas de grúa y con montones de edificios a medio hacer, nuestro horizonte desde luego da impresión de que termina el mundo.

ImagenA pesar del título, lejos queda el apocalipsis. En un combate entre la tristeza de las hermanas Álvarez y su sentido del humor, resolvería su ingenio el empate técnico. Eso explica que yo prefiera no quedarme con un solo tema ni descartar estrofas que brillan por encima de un día cualquiera, donde hemos perdido el respeto a la palabra y vivimos a merced de sonidos huecos cuya costumbre acabará por dejarnos sordos. Donde las caligrafías se estudian para decidir a quién se mete en la cárcel y las voces quedan grabadas como parte de una prueba testifical. Donde llorar es un síntoma de que algo malo hiciste.

Cuanto podía vulgarizarse lo ha hecho, así que ejemplos de humilde armonía como este disco merecen declararlo especie protegida, categoría igualmente pedestre, que demuestra que casi nunca quienes escribimos sobre lo que hacen otros estamos a la altura de sus ideas.

 

Más fotos de Nacho B. Sola, aquí.

Una de libros: Postales de indefensión

30 Mar

ImagenEs un hecho que todo llega a este país con cierto retraso, incluidas coincidencias y buenas noticias. Un año después de que saliera a la venta en lengua inglesa, y probablemente por culpa de ese retraso que solo explica la mengua de los planes editoriales, Lumen pone en circulación en España la última novela escrita por Anne Tyler. Traducida como El hombre que dijo adiós –otro gran ejemplo de cepillarse en el sentido de las palabras, no ya su significado, porque quizá suena mejor–, The beginners goodbye (Knopf, 2012) sube el listón de novedades editoriales esta primavera.

Si nunca han leído a Anne Tyler, no tendrán que imaginarla en Baltimore, rodeada de otras mujeres de edad y compartiendo una tarta alrededor de esas mesas en las que todos los comensales se ven las caras. Tampoco le darán vueltas a esa especie de mito literario que la acompaña, referido a las pocas entrevistas que concede. Tyler es una contadora de historias con capacidad –diría que infinita– para observar y narrar, generando personajes duros y blandos a la vez, normalmente esquinados en la realidad, ya sea por su condición física, su debilidad mental o nada más que por su indefensión. Por decirlo de forma elegante, Anne Tyler es la madrina literaria de los underdogs, lo que la convierte en una referencia de lujo para el costumbrismo de la Norteamérica posmoderna.

The beginners goodbye cuenta la historia de Aaron, un tullido casado y acoplado a su vida en una simpar filosofía de práctico positivismo, que encabeza una editorial de libros «cómo»: cómo decorar la casa, afrontar el cáncer o hacerse rico. La repentina muerte de su esposa posiciona al protagonista en la obligación de hacerse cargo del desencanto. La pérdida, tan ridícula como traumática por la forma en que se produce, conduce a Aaron a refugiarse en su hermana, lo que supone un reajuste de mecanismos familiares que acarrea diversas consecuencias y encuentros.

ImagenLo más interesante de Anne Tyler, reproducido con bastante éxito en esta obra, es que todo lo triste deriva en ternura, de modo que pese a generar lectores dispuestos a empatizar con los personajes y sus desventuras, la escritora refuerza la idea de que cualquier golpe del destino abre puertas que nadie debe despreciar.

Aunque ella ha defendido que su obra no se basa en experiencias propias, los episodios cruciales de una vida han dejado rastro en cada una de las novelas que ha publicado. En su descargo hemos de recordar que las vicisitudes más recordadas de nuestro pasado suelen ser comunes, ya se trate de rupturas, muertes, bodas o nacimientos. Llegada o marcha de seres queridos, desarrollo de relaciones con otros humanos, todo suma para alcanzar la inspiración con un bagaje decente de miserias y desdichas capaz de inspirar ficciones. Así pasaba en Noah’s compass (Knopf, 2010) –La brújula de Noé, Mondadori, 2010–, por citar un precedente que comparte con The beginners goodbye el protagonista masculino, su intento de alcanzar cierta paz –a falta de una reconciliación con la fortuna– y la conclusión de que ni siquiera la soledad perseguida resulta factible cuando quien vive está enraizado en la familia, la ciudad y la perpetua búsqueda de significado.

«En la escritura tienes que permitirte ser un plato vacío, listo para ser llenado», dijo en una entrevista tardía a propósito de la publicación en español de su trabajo más reciente. Esa máxima dicta el ritmo de una autora que con 72 años prefiere no rendirse, aun cuando a medida que pasa el tiempo, los temas se vuelvan recurrentes y conocidos a la vez.

Una de libros: Leer al abrigo de la peor de las tempestades

26 Mar

ImagenLeo en El País que Mondadori publica ahora, bajo el título de Tierra, (Dirt, Harper/Harper Collins, 2012) una nueva novela de David Vann. De toda la entrevista, firmada por Manuel Morales, me quedo con esta frase del escritor nacido en Alaska: «Hay que tener vivencias para escribir. La literatura está llena de aburridos profesores universitarios que cuentan que se acuestan con sus alumnas. Por ejemplo, Jonathan Franzen es profundamente aburrido, su lenguaje lo es; no sé cómo la gente puede seguir leyendo sus libros».

ImagenAhí lo tienen: un escritor de repentino éxito, cuyas novelas son paisajes en los que el hombre se pelea con la naturaleza, acusando a otro, consagrado por la crítica, de ser «aburrido».

Lean a David Vann si les gusta mirar por la ventana cuando van de viaje. Lean Caribou Island (Harper Perennial, 2011) –también traducido al español por Mondadori– si quieren asistir al derrumbe de un hombre, su matrimonio y su sueño, en mitad de un invierno tan hostil como la existencia más infeliz que hayan conocido. Compren Legend of a suicide (Harper Perennial, 2010) si les interesa saber de dónde sale la obsesión de Vann por lo inhóspito-salvaje-casi-inhumano, y entonces llegarán al episodio del suicidio de su padre, un hombre enamorado de los límites, pero incapaz de lidiar con ellos, que permanece atado a Vann por su literatura y por fotografías donde la naturaleza parece bastar para unirlo a su hijo.

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David Vann, de niño, con su padre.

En el cerebro de los críticos persiste la idea de que Vann es a la literatura del siglo XXI lo que Herman Melville fue para la del XIX y XX. Esa necesidad de anclar un escritor a otro para explicarlo se apoya, en este caso, en que Vann sostiene, a lo largo de toda su obra, un combate donde los personajes afrontan a solas, habitualmente ateridos de frío, la posible solución o terminación de sus desdichas. En una eventual guerra entre el clima, el paisaje y el alma, suele perder esta última, y la persona solo puede elegir entre la resignación o la muerte. El paradigma de Ishmael contra la ballena blanca establecido en Moby Dick, pretexto para un recorrido por la épica de los espíritus inquietos, concuerda con lo que David Vann entiende por historias a las que debemos prestar atención. «Mi hogar es el paisaje», sentencia. De ahí que los entornos rurales y prácticamente despoblados le proporcionen un tablero crucial donde ubicar a personajes destinados a extinguirse. Que hombres y mujeres son uno más en la cadena alimenticia, parte pensante de los ecosistemas, da juego a la hora de mostrar lo ridículo de la capacidad cognitiva cuando de sobrevivir se trata. Quizá por esto Vann haya aprovechado la promoción de Tierra en el mercado hispanohablante para atizar a Franzen, experto en el relato de lo cotidiano. A salvo de Strong Motion (1992) –traducido por Alfaguara como Movimiento fuerte doce años después de su edición en EE.UU.–, donde un terremoto impulsa las miserias de una familia de clase media estadounidense –tan disfuncional como cualquier otra–, en la bibliografía de Franzen no encontrarán páramos ni icebergs, y mucho menos la superioridad del medio frente al personaje.

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El escritor de Alaska, David Vann. © Liz Hafalia

Sin embargo, resulta curioso que un escritor como Vann, decidido a indagar en la naturaleza humana obligando a sus personajes a manejarse en las más abruptas condiciones climatológicas y geográficas, desprecie a Franzen, experto en la introspección. Supongo que nunca habrá sido capaz de pasar de las cincuenta primeras páginas de Freedom (Picador, 2010), cuando nada parece moverse, aunque todo está empezando a ocurrir para Patty Berglund, o de The corrections (Picador, 2001), donde los Lambert ni siquiera nos importan todavía. Hace falta querer saber para que los alrededores insulsos de un protagonista motiven a pasar las páginas.

No se empeñen en comprender a Vann, porque desde el sillón de casa las primeras nieves de Alaska solo pueden imaginarse en dibujos animados. Sus libros son extremos, tanto en el origen de la trama como en el contexto de los personajes. Da la impresión de que únicamente el sufrimiento habilita para esquivar la condena de quien siente la soledad, perseguida, por otra parte, con el fin de arrancarse de una vez las dudas. Esa impresión confina al lector a un rincón irresistible, a salvo de las tormentas, si lo que se pretende leyendo es pasar el rato.

P.S.: Sería un alivio que WordPress nos regalase versalitas por Pascua. Escribir los siglos con mayúsculas es tan odioso como aceptar el paso del tiempo.

 

Zona mixta: La teoría del sacacorchos

14 Mar
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El grupo británico Mumford & Sons. / Dana Edelson/NBC/NBCU Photo Bank

Mi padre me contó que Alfaguara ha lanzado una subserie de novela negra. Me lo dijo después de volver de El Rastro, adonde va casi todos los domingos para comprar libros. Siempre que encuentra algo, me lo trae para que lo vea, aunque yo haya tenido el libro en las manos en cualquier librería poco tiempo antes.

La conversación con mi padre vino a cuento de Frantz Delplanque, un funcionario de Montpellier que debe de ser el único empleado público que gusta al periódico El Mundo. En la entrevista que ese diario publicó de Delplanque a propósito de su primera novela, el periodista se refería a Un gramo de odio como la obra que Amelie Nothomb calificó de «excelente».

El esfuerzo de la crítica por aprovechar los avales y comparaciones enumerados en notas de prensa sobre todos los artistas del planeta me saca de quicio. Si me dieran a elegir entre cortarme un dedo y erradicar de los medios de comunicación los incisos «Suena como…» o «Te gustará si te gusta…», necesitaría guantes a medida.

ImagenA partir de esta idea de exterminio –que me convierte en genocida de lugares comunes–, hice una lista mental de actos reflejos provocados por la costumbre de que un artista actúe como sacacorchos de otro. Nothomb alaba a Delplanque, y entonces los lectores de Nothomb dejan la cena en el fuego y arrasan las calles, hasta hacerse con Un gramo de odio. Bob Dylan dice que Mumford & Sons es su «grupo favorito» –cuando todos sabemos que Dylan nunca ha dicho la palabra «favorito» desde que salió de Duluth–, y la formación británica pasa de ensayar en locales con goteras a la gala de los Grammy.

La situación empeora cuando, sobre todo en páginas de venta por Internet, una vez escogido tu disco, libro o similar, el sistema genera una cadena perversa denominada «Los clientes que compraron… también compraron…». Es posible que entres en una espiral de envidia por lo que otro tipo, alejado de ti en geografía y gustos, adquirió. Tal vez compró lo mismo que tú porque estaba secuestrado en un sótano de Bagdad y con un AK-47 apuntándole a los sesos, pues ninguna explicación racional justificaría que, tras haber optado por un Anne Tyler, quiera deslucir su mirada con Pérez Reverte.

ImagenDejarse llevar por las reacciones de los demás es algo muy nuestro, entre humano y mamífero, pero las demostraciones de personalidad difusa que brindan los mecanismos de la mercadotecnia 2.0 deparan forzosos compañeros de carro de la compra.

Si difícil es tolerar la relación espacio-temporal de The Killers y Cecilia Bartoli, peor solución tiene que uno de tus escritores de cabecera termine en las fauces de cierta persona muy interesada en la autoayuda. Que sugieran que podrías parecerte a otro de tu especie resulta poco cortés. Que pongan a prueba tu capacidad para ser mejor que él, leer más, escuchar música variada y hacer de ti un cosmopolita constituye la mejor incitación al consumo.

Tampoco quería saltar de los matrimonios imposibles convenidos por las estrategias de promoción a los bajos instintos de que tira el marketing, pero igual que ocurre en Amazon, resistirse al una-cosa-llevó-a-la-otra es poco realista.

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La escritora Amélie Nothomb. / Fuente: desconocida.

Frantz Delplanque no tiene nada que ver con Amelie Nothomb. De hecho, la semejanza entre sus bibliografías respectivas se acerca a la que encuentras entre un huevo duro y una Play Station. Asumámoslo: cuando el cantante de nuestra vida recomienda un grupo, cabe la opción de que ni siquiera lo conozca.

Buscar en los agradecimientos de un disco futuras fuentes de placer revelaba ingenio cuando las gracias eran sinceras, algo ya demodé. Leer los agradecimientos cargado de esperanza puede llegar a ser fuente de desdicha, porque uno busca el confort de lo previsto, y en ocasiones se topa con amigos de sus ídolos que le caen gordos, que le parecen irrelevantes, o sin talento, o anodinos. Nada hay más amargo que la apatía causada por alguien sobre quien hemos generado las más altas expectativas.

Las fajillas de los libros y esas pegatinas redondas que en DVD y discos tienden puentes entre artistas para inspirar nuestro interés y gasto son el origen de grandes decepciones. Cada «Los clientes que compraron… también compraron…» conduce a experiencias muy miserables. O bien te ves como un ignorante que, pese a conocer a Ben Lerner, no tiene ni idea de quién es Wallace Stegner –siendo el primero lo más cool del momento, y el segundo, el llamado «decano de los escritores del Oeste–, o dejas que la envidia tome las riendas y acabas con una cesta atestada de títulos que nunca pensaste comprar.

ImagenEsa es la alternativa: sentirte muy poca cosa, o darlo todo para competir con gente a la que no conoces quemando la tarjeta de crédito. A cambio, que, con todo en casa, hayas pagado por indiferencia, que luego colocarás, delicadamente, en tus estanterías.

Anoche soñé con una habitación amarilla, donde había un cuadro que podría haber sido de Picasso, aunque lo más probable es que, en mi sueño, yo no llevara las gafas y estemos hablando de un «matisse». No puedo esperar a que el Museo del Prado divulgue Las meninas con un «Te gustará si te gusta Tiziano».

Una de discos: Las dos caras de Josh

10 Mar
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© Mónica Plaza

Una de las cosas más comunes de los domingos es que sus tardes resultan propicias para sentir envidia. Envidia de cómo eras el viernes, cuando una cierta felicidad estaba por venir. O de aquello bueno que les ocurre a los parientes de tus vecinos. Esos que se meten en un coche familiar ya de por sí atestado de bártulos, con sus sonrisas a cuestas, y regresan al hogar. Envidia de lo que quedó atrás, cuando cierta parte del cuerpo no dolía, y a lo lejos se divisaban menos nubarrones.

La lluvia de la semana se ha llevado por delante algo así como esperanza. Cada vez que salía a la calle y había que abrir el paraguas, en el suelo veía hilos de agua que caían al fondo de sumideros llenos de hojas, donde bastante optimismo acumulado se mezclaba con hojas, papeles, restos de la existencia urbana en general.

El tiempo seco y luminoso en el que todo andaba bien no volverá, aunque sí lo harán los parientes de los vecinos y su coche familiar. Las cosas empezarán de nuevo a pesar de mi articulación dolorida o de esa casi eternidad en que se convierten algunos meses. Y lo único diferente en todo esto será la sonrisa.

En mitad de un cristal con gotas peleonas encontré el comienzo de la inspiración que precede a un relato. Habría necesitado un arcoíris para hallar el camino. En su lugar llegó la música, que nunca es la solución, aunque sí un sutil consuelo.

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Josh Ritter, por John Strymish.

Del miércoles al domingo, la lluvia se cruzó en los paisajes con dos Josh que editaban disco. Ritter y The beast in its tracks vinieron muy bien al invierno que se va. Los artistas apegados a la melancolía combinan de miedo con cualquier final, y una vez descubren lo catártico de su habilidad y lo mucho que les alabamos el gusto, prefieren no abandonarla.

Josh Ritter tiene 36 años, siete discos y una curiosa relación con la tristeza que le permite exprimirla con soltura, pero sin que se gaste. De ahí que un domingo por la tarde las canciones de The beast in its tracks me hayan convertido en una persona envidiosa de todo lo que no tengo, de lo que perdí y de su melodía, imposible para mí, impensable en mis manos en esta época.

Si uno es capaz de escuchar «New lover» sin recordar nada ni a nadie, quizá debería consultarlo con un médico. La envidia de haber inventado esa canción siempre será más sana que la enfermedad de permanecer impasible a ella.

ImagenCuando creí que un par de días bastaban para recuperarse de un diluvio y unas cuantas buenas canciones, el sábado llegó Josh Rouse. Literalmente, porque dio un concierto en Madrid, uno de esos eventos en los que un porcentaje del público está tan de más como el agua en los debates de televisión. Unos no escuchan; los otros nunca beben.

Rouse también acaba de publicar un álbum, The happiness waltz, lo que supone su décima grabación de estudio. Ha presentado el disco en España antes de que estuviera a la venta en todo el mundo. Vistos sus dos últimos intentos de cantar en el idioma local –se casó con una valenciana y ha tomado clases de castellano–, interpreto la ofrenda de The happiness waltz como una disculpa. Al fin ha regresado a la época en que escucharlo era como viajar en la parte de atrás de una pick up con destino al horizonte.

La desgracia de Rouse es haber coincidido con Ritter. No se parecen, ni idea de si se conocen, uno está felizmente casado y con hijos (Rouse), el otro acaba de divorciarse, y su último disco debe escucharse como un decir «adiós» a su manera… (Ritter). Pero coexisten sobre mi mesa, en mis oídos, al borde de la primavera.

Rouse reactiva y hace mover los pies. Ritter conforta en el letargo de no estar a tono. Se puede querer a los dos, preferir a uno solo, hacer que se turnen en el iPod mientras la persona que en el metro se nos queda mirando piensa que muy pronto seremos sordos.

Termina el fin de semana, se muere todo lo bueno que trae la libranza. El malestar general me debe una explicación por tanta envidia.

Una de libros: ¿Y si lo peor de la guerra es volver?

5 Mar

ImagenLa semana pasada leí un libro que no me llamó la atención ni para comentarlo. Luego empecé con otro, y mi suerte cambió. The yellow birds (Kevin Powers, Little, Brown and Company, 2012), traducido al español como Los pájaros amarillos por Narrativa Sexto Piso, me llevó del jueves al domingo. Habría sido un libro genial para ir de lunes a viernes, pero su brevedad y la historia convierten en imposible estirarlo y que dure.

Digamos para abreviar que Los pájaros amarillos habla sobre la guerra, aunque más que nada, yo diría que habla sobre lo que pasa después de ir y volver de ella.

Powers escribió esta obra unos años después de regresar de Irak, tras haber alcanzado «algo de paz consigo mismo». No resulta infrecuente que los libros de argumento bélico sean escritos por antiguos combatientes. Supongo que las experiencias vitales traumáticas, aparte de torcer la vida, te inspiran una barbaridad.

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Kevin Powers, por Pedro Madueño.

Antes incluso de que The yellow birds se editara en EE.UU, el aparato propagandístico comparó al autor con Tim O’Brien, otro exsoldado estadounidense que, en 1990, publicó su visión de la Guerra de Vietnam en The things we carried (Houghton Mifflin). Anagrama se hizo con los derechos de traducción (Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, por si acaso el lector no se centraba con un título que debió de parecer pensado solo a medias). A Powers también lo llamaron Hemingway, Mailer y Remarque. Ahí es nada.

Los pájaros amarillos relata un episodio de la estancia de un soldado raso durante la invasión de Irak, y lo cruza con los capítulos sobre la vuelta a su pueblo de Virginia de ese joven de veintipocos años. Por eso me ha interesado, más que la idea del argumento en sí, cómo el escritor utiliza el libro para sacudirse los fantasmas, y en ese proceso, encontrar la distancia apropiada para poder hablar de ellos.

ImagenA pesar de todas las referencias que he citado, en el transcurso de la lectura, mi recuerdo fue para Good-bye to all that (Robert Graves, 1929), que leí siendo joven gracias a El Aleph (Adiós a todo eso, 2000). Graves contaba cómo fue su experiencia en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y aprovechó la ocasión para evocar su idea de la juventud. La credulidad, el afán, la fuerza…, rasgos a los que se sumó, sufridas las batallas, la absoluta incapacidad para entender los motivos de la violencia.

Kevin Powers marchó al frente para que el ejército de EE.UU le pagase la Universidad al volver. Cuando se alistó, apenas tenía 18 años y no era demasiado bueno en los estudios, que es donde se supone que has de despuntar a esas edades. Graves simplemente combatió porque sentía que debía hacerlo, y precedido de un brillante expediente académico. A pesar de que a un autor lo guió el despecho, y a otro, el sentido del deber, sus obras, como muchas otras de semejante perfil, acaban por contar esencialmente lo mismo: que matar y agredir, pretendidas respuestas a un conflicto, en seguida derivan en problemas de peor solución que un desacuerdo entre estados o un acto de guerra.

Powers escribe desde el desencanto y el dolor, pero su visión se percibe algo así como protegida de la brutalidad de todos los dramas. A ello hay que añadir una prosa preciosista y gran capacidad para atinar con las metáforas, aunque estas se prevean. Qué si no una guerra se presta a las imágenes.

ImagenCreo que Los pájaros amarillos será, con el paso de los años, una novela de culto, y que los profesores la incluirán en los talleres universitarios de escritura. Powers nació en una familia con tradición militar, pero sin recursos económicos. El destino se ocupó del resto, porque en un mundo donde el hombre busca con desesperación que todo sea a su medida, carece de control sobre prácticamente todo. Así lo recoge el autor en su libro, un libro escrito por un soldado, algo bastante inusual, por otra parte.

Comprender de dónde nace la ficción de Powers exige explorar primero una de las cruces que él llevará consigo por haber vuelto de una guerra: «Tenía la ilusión, y también mi compañero –el que te asignan para que cuides y te cuide–, de que si moría otro, yo estaba a salvo, así que la muerte de otro soldado era casi una alegría.» A partir de ahí, no es tan complicado aceptar por qué algunos sobrevivientes habrían deseado estar muertos. Unos cuantos de ellos, no tantos, atinan a escribir sobre lo que pasó, como si ponerle tapas al pánico pudiera hacerlo imperceptible.